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Descubrir el pastel

Publicado el 01/10/2013, por Jaime Fernández Gómez
sorpresa

Cada época tiene sus lugares comunes y sus frases hechas. En estos tiempos de desasosiego podemos emplear un «apaga y vámonos» o afirmar que «estamos a dos velas» o citar algún dicho con notable aroma político, como «los mismos perros con distinto collar» o «tener más cuento que Calleja». Dos lugares comunes de estos tiempos son «las empresas tienen que ahorrar» y «muchos servicios en Internet son gratis». De ahí es fácil deducir que las empresas pueden reducir sus gastos si utilizan esos servicios gratuitos que ofrece la Red. Sí, pueden emplear esos recursos, pero ¿a cambio de qué? A cambio de nada —pensará el atento lector—pues se trata, precisamente, de servicios que no tienen coste. Los Reyes Magos regalan juguetes a los niños. ¿A cambio de qué? A cambio de nada —afirmará un niño— pues hablamos de los Reyes Magos. Por desgracia ni estos ni aquellos existen. Usted ya sabe que «el que algo quiere algo le cuesta», y en el ámbito de Internet lo que pagamos por utilizar un determinado servicio puede tener un color, y un valor, distinto al del dinero. Hablamos, para ser concretos, de sus datos personales, o de la información que maneja su compañía, y de a quién le damos permiso para que acceda a ese intangible que, no solo puede tener un enorme valor, sino que le puede ocasionar serios problemas legales a usted o a su empresa.

Nuestras leyes, empezando por la Constitución, defienden el derecho al secreto de las comunicaciones. Por ejemplo, el Tribunal Constitucional, en su sentencia 123/2002, afirma que «En una sociedad tecnológicamente avanzada como la actual, el secreto de las comunicaciones constituye no sólo garantía de libertad individual, sino instrumento de desarrollo cultural, científico y tecnológico colectivo». Sobre el secreto de las comunicaciones en Internet, yo le aconsejo la guía de INTECO a cerca de la privacidad en las telecomunicaciones, porque ofrece amplia y amena información sobre la protección de nuestros datos personales en la Red. En esa guía se dedica un apartado a la privacidad en los sistemas de correo web. ¿Está en peligro nuestro correo electrónico porque un tercero pueda acceder a ellos? Así es, en efecto, pero ese tercero no es un pirata informático, es la propia empresa que ofrece el servicio de correo sin coste. Lo dicen claramente «El sistema mantiene y procesa su cuenta y sus contenidos para poder facilitarle el servicio y mejorar nuestros servicios». Hablemos claro, los sistemas no hacen nada por sí mismos, es la empresa dueña del servicio, a través de sus sistemas, la que accede a los mensajes y los analiza para su propio interés. Algo por algo, le dirán: yo le ofrezco un servicio de correo electrónico gratis y usted me permite revisar todos sus correos, para beneficio mutuo. Ya sabe, «esto es Jauja», y sobre el derecho al secreto de las comunicaciones, bueno, «pelillos a la mar».

Veamos un ejemplo concreto con un servicio diferente: el vídeo. A mediados de este año una escuela concertada de la Comunidad de Madrid emprendió una campaña de publicidad para conseguir nuevos alumnos para el centro. El último Real Decreto sobre educación permite aumentar hasta un 20% de alumnos por clase, así que el colegio se puso manos a la obra para, por ejemplo, alcanzar en bachillerato los 42 chavales por clase, en lugar de los 35 del curso anterior. Su nuevo sitio web lucía bien lindo, con sus fotos, sus foros y su canal de Youtube. Allí estaban los vídeos que la dirección había grabado en el propio colegio, ya fuera en una clase, en el patio o en el comedor. Algunos vídeos incluían los datos sobre el curso y la clase que allí se mostraba, incluso se llamaba por su nombre a ciertos alumnos que aparecían en algunas de las  grabaciones.

Me senté con la dirección del colegio para tratar de corregir aquella situación. Les recordé que la Agencia de Protección de Datos recomienda a los colegios que sean muy cuidadosos con los datos de los menores a su cargo, y advierte que «esto es especialmente relevante en Internet donde se deben extremar las precauciones y no es aconsejable publicar fotos que identifiquen a un niño, por ejemplo situándole en el contexto de un colegio y/o actividad determinados». Les expliqué que mostrar en Internet toda esa información (fotos, datos, vídeos) era delicado, ya que permitía identificar a los alumnos en su entorno, y posiblemente estaban infringiendo la ley de protección de datos del menor, que es muy restrictiva. Cuando les pregunté por qué habían elegido Youtube como su plataforma de vídeo me respondieron «es gratuito». ¿A cambio de qué? les dije. Me miraron como si fuera un Rey Mago. Modifiqué un poco la pregunta: ¿qué ha dado el colegio a Youtube a cambio de su servicio de streaming? ¿Qué le habéis entregado? El director me miró y respondió despacio: le hemos dado los vídeos del colegio. ¡Bingo! Los dueños de Youtube lo dicen muy claro en sus términos y condiciones del servicio: «Al cargar o publicar Contenido en YouTube, Ud. estará otorgando a favor de YouTube, una licencia mundial, no exclusiva, exenta de royalties y transferible (con derecho de sub-licencia) para utilizar, reproducir, distribuir, realizar obras derivadas de, mostrar y ejecutar ese Contenido […]». La dirección de la escuela había cedido el control de sus vídeos a Youtube, pero no eran conscientes de ello. Recapacitaron, por fortuna para ellos y para sus alumnos, y eliminaron sus vídeos y el canal que habían creado en Youtube. Contrataron un servicio que les garantiza el control completo de sus contenidos, y ahora están en la delicada tarea de gestionar quién los puede ver, y qué información pueden publicar, respetando las leyes que protegen los datos del menor.

¿Las empresas que ofrecen servicios sin coste «dan gato por liebre»? Por supuesto que no, ofrecen algo a cambio de algo, que no es nada nuevo precisamente. El problema surge, como hemos visto, cuando no sabemos o no queremos saber qué nos piden por utilizar dicho servicio. Si la moneda de cambio son sus datos personales, o los datos de su empresa, recuerde que será su responsabilidad conocer y valorar todos los detalles del acuerdo que está aceptando, para evitar que «cuando se descubra el pastel» se «arme la Marimorena».

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