El factor humano sigue presente en buena parte de las brechas de seguridad, pero eso no convierte automáticamente al empleado en el eslabón débil. Una política de seguridad continúa siendo imprescindible, pero ya no basta con escribir unas normas y pedir a la plantilla que las recuerde. Los engaños son más creíbles, llegan por más canales y aprovechan las prisas del trabajo diario. El riesgo surge de la combinación entre engaños, credenciales, herramientas y procesos mal diseñados. Actualmente, el papel del factor humano en proteger una pyme significa facilitar las decisiones seguras, reforzar los accesos, comprobar las operaciones delicadas y convertir a cada persona en parte activa de la defensa.
El spoofing telefónico o suplantación del identificador de llamada permite que una llamada muestre en pantalla un número distinto al real. El receptor cree que habla con una empresa, una entidad bancaria, un proveedor o incluso con un contacto interno. Y esa confianza inicial facilita el engaño.
Para una empresa el impacto puede ser serio. No solo se arriesga a una estafa económica. También puede perder credibilidad, sufrir quejas de clientes o ver cómo su número queda marcado como “posible spam” en los teléfonos de sus contactos.



